Pagos digitales e IA: los números detrás de la confianza financiera en América Latina
En América Latina, seis de cada diez pesos que gasta un consumidor ya pasan por un canal digital. Los pagos digitales y electrónicos representan alrededor del 60% del gasto de consumo en la región.
El crecimiento no se detiene ahí. Mientras el PIB regional avanza a un ritmo cercano al 2% en 2026, el comercio electrónico está proyectado para expandirse a doble dígito hasta 2028. Es una desconexión llamativa: la economía tradicional crece despacio, pero el gasto digital no.
Detrás de ese salto hay una combinación de factores: alta penetración de smartphones, rieles de pagos instantáneos cada vez más extendidos, comercios que migraron sus cobros a canales digitales durante los últimos años y millones de personas que, por primera vez, gestionan dinero sin pasar por una sucursal física. Para buena parte de la población de la región, el teléfono ya reemplazó a la billetera.
Ese contraste, más digitalización, más velocidad, más dependencia de canales sin contacto humano. Es también, el punto de partida de un problema que Become Digital, compañía especializada en onboarding digital y validación de identidad con IA, viene señalando en el ecosistema fintech regional.
El fraude ya no es manual: ahora es industrial
La masificación de herramientas de inteligencia artificial generativa permitió la creación de documentos falsificados, deepfakes e identidades sintéticas cada vez más sofisticadas. América Latina concentra hoy la mayor proporción de fraude de identidad sintética impulsado por IA a nivel global.
El 48,3% de los casos de fraude de identidad detectados en la región ya usan identidades sintéticas generadas con IA, muy por encima del promedio global, que es del 11%. Vale una aclaración importante: esa cifra no significa que el 48,3% de las personas hayan sido víctimas de fraude, sino que, de los casos de fraude de identidad ya detectados, casi la mitad usaban una identidad total o parcialmente fabricada por IA.
Una identidad sintética no siempre corresponde a una persona inexistente creada desde cero: en la mayoría de los casos combina datos reales robados, nombres, documentos o fotos con información inventada o alterada mediante IA, hasta construir un perfil casi indistinguible de uno auténtico.
Lo que antes requería semanas de trabajo artesanal por parte de un estafador, hoy se automatiza con herramientas cada vez más accesibles y baratas, lo que ha reducido drásticamente la barrera de entrada para el crimen organizado.
El impacto económico de ese fenómeno también es medible:
Un fraude basado en deepfakes genera pérdidas promedio superiores a US$280.000 por organización.
En cerca de 1 de cada 5 casos, esa pérdida supera los US$500.000.
Las pérdidas globales por fraude en instituciones financieras podrían pasar de unos US$25.000 millones en 2025 a US$55.300 millones en 2030, un incremento de más del 120%.
"Hoy el fraude digital opera a escala. Las entidades necesitan infraestructura de confianza digital capaz de detectar fraude sofisticado sin afectar la experiencia del usuario legítimo", señaló José Javier Prada, CEO y fundador de Become Digital, en declaraciones a Latam Fintech Hub.
El nuevo equilibrio del onboarding: seguridad sin perder conversión
El desafío para bancos, fintechs, cooperativas y plataformas digitales no es solo detectar el fraude: es hacerlo sin frenar al usuario real. Procesos de verificación demasiado rígidos generan abandono y pérdida de conversión; procesos demasiado flexibles aumentan el riesgo de fraude. Cada paso adicional que se le pide a un usuario legítimo, una foto más, un formulario más largo, una espera más, es también una oportunidad de perderlo antes de que termine de registrarse.
Actualmente hay entidades financieras que trabajan en la región para tratar de resolver esa tensión mediante:
Validación de identidad en tiempo real.
Detección de documentos alterados y fraude sintético.
Biometría facial y pruebas de vida (liveness).
Automatización de procesos KYC/AML/KYB.
Onboarding digital vía web, móvil y WhatsApp.
Es, en esencia, una tensión que atraviesa a toda la industria: los bancos buscan reducir al mínimo la cantidad de pasos y datos que le piden al usuario para entrar a una app, y al poner tan pocas trabas, a veces le facilitan el trabajo al atacante.
Por qué América Latina es un caso particular
A diferencia de mercados más maduros, América Latina combina alta conectividad, digitalización acelerada y marcos regulatorios todavía en desarrollo, una mezcla especialmente favorable para el fraude impulsado por IA. Gran parte de los datos que alimentan esos ataques provienen de bases de datos filtradas que circulan y se venden entre organizaciones criminales, muchas veces sin que la empresa afectada lo sepa durante meses; no es raro que una filtración tarde medio año o más en descubrirse, tiempo durante el cual la información ya circuló y se usó para construir nuevos fraudes.
A eso se suma que buena parte de los países de la región todavía está madurando su legislación sobre ciberdelitos, lo que deja a empresas y usuarios un paso por detrás de atacantes que operan sin fronteras: un mismo ataque puede lanzarse desde cualquier lugar del mundo y alcanzar, de forma simultánea, a miles de potenciales víctimas.
Para Become Digital, esa complejidad regional es también una oportunidad para construir tecnología antifraude pensada desde y para el contexto latinoamericano, en lugar de adaptar soluciones diseñadas para otros mercados.
"La próxima generación de infraestructura financiera digital requerirá modelos antifraude mucho más inteligentes, automatizados y adaptados a las realidades locales. América Latina necesita soluciones construidas para su contexto", agrega Prada.
La confianza, el otro insumo de la economía digital
El crecimiento de los pagos digitales en América Latina ya no depende solo de conectividad o de adopción tecnológica: depende también de que usuarios e instituciones confíen en que cada transacción, cada registro y cada verificación de identidad es lo que dice ser. A medida que la región avanza hacia una economía cada vez más digitalizada, esa confianza se vuelve tan crítica como cualquier otra pieza de infraestructura financiera.